Antes de que lo mataran de dos tiros, en su última mañana con vida, el pastor evangélico Eduardo Trasante fue al cementerio. Llevó a su pareja, Carolina Leones, a visitar los restos de su madre en La Piedad. Habló con los encargados sobre las tumbas de sus hijos asesinados en 2012 (Jeremías, en el triple crimen de Año nuevo) y 2014 (Jairo, tras una pelea en un boliche), parte de la historia trágica de una familia que marcó la última década de violencia en Rosario. Se separaron. Él se fue a hacer unos trámites y ella se quedó. Se reencontraron más tarde en la casa de San Nicolás al 3638, donde a las 14.57 del martes 14 de julio de 2020 sonaron el timbre y el celular al mismo tiempo.

Eduardo y Carolina estaban en la planta alta. Se preparaban ellos y sus hijos para salir. Tenían una reunión a las 15 con las mujeres de la iglesia. Ella le pidió a su hija de 11 años que fuera a ver quién era. El pasillo desde el centro de manzana hasta la calle es largo. Por eso la respuesta de la nena, que no había abierto, la irritó un poco.

–Mamá no abrí porque no sé quiénes son, son dos varones -le dijo tras mirar por la mirilla de la puerta-.

Entonces Carolina tuvo que bajar y cruzar los casi 40 metros hasta la puerta. Preguntó qué querían.

–¿Está el Edu?

A ella no le pareció extraño que dos desconocidos quisieran ver a su esposo. Desde que comenzaron a salir, cuatro años y medio antes de ese momento, siempre fue muy social por su actividad como pastor y concejal de Ciudad Futura (renunció en 2018). Eso era muy normal. Cuando agregaron que iban de parte de Caty, una de las hijas de Eduardo, destrabó la puerta y abrió un poco.

–Venimos de parte de Caty.

–¿Qué necesitan?

Ahí comenzó la pesadilla. Los dos jóvenes, semitapados con barbijos, algo usual en tiempos de pandemia, sacaron cada uno un arma que Carolina percibió como similares a las reglamentarias de la Policía provincial. Uno, el más chico, que incluso lucía menor de edad, alto y flaco la empujó y la tiró contra la pared. Ese, de buzo con capucho gris, se quedó con ella: la hizo agachar de los pelos. El otro, joven pero un poco más grande, petiso de pelo negro, se metió por el pasillo y empezó a preguntar por el Edu. Vestía de jean y campera negra con inscripciones en blanco.

Carolina pensó que eran víctimas de un robo. Les dijo que sus hijos estaban en la casa, les suplicó que no les hicieran nada.

–A tus hijos no les va a pasar nada.

Esos segundos fueron de terror. Con un arma en la cabeza y otro muchacho que se metía en el interior de su casa armado. Ese momento en el pasillo sería eterno: ya no saldría de su vida.

La ejecución y la audiencia

 

Casi tres años y medio después, en el juicio por el crimen de Trasante que este miércoles tuvo su segunda audiencia, Carolina pudo declarar y contar los detalles de lo ocurrido. Después de sucesivas (y algo vergonzosas) demoras por cuestiones técnicas, el tribunal dispuso el ingreso a la sala del segundo piso del Centro de Justicia Penal de la viuda.

La calma aparente que mantuvo la mujer pese a la tensión de las últimas horas comenzó a mutar con algunos gestos. Cuando recordó el momento en que su hija fue a abrir la puerta porque tocaban el timbre se detuvo un segundo. Se rascó, casi que se acarició el brazo izquierdo con su mano derecha. Cuando el horror del pasillo volvió a su cabeza, tuvo un quiebre mínimo, se limpió las lágrimas con una servilleta blanca de papel.

El relato siguió en el interior de la casa, en el living donde estaba la escalera caracol desde donde descendió Trasante cuando los sicarios le pidieron a ella que lo llamara. El “yyyy” que pronunció Carolina como para retomar el hilo fue un largo lamento. En la tribuna de la sala, los militantes y dirigentes de Ciudad Futura y amigos lloraban solos, o se abrazaban, un pibe se tapó la cara con las dos palmas de la mano, como si estuviera viendo aquello.

–Él no llegó a bajar toda la escalera pero hizo el intento de bajar. Habrá llegado a dos o tres escalones y agacharse para ver quién estaba llamando o mirarme a mi. Eduardo alcanza a agarrarse de la escalera y mirar, cuando intenta enfocar y mirar, una de las personas, el más petiso de los que había entrado, levanta la mano y le dispara. Cuando levanta la mano, Eduardo tuvo el reflejo de levantar la mano y hace esto –relató Carolina y acompañó el gesto de alzar su mano derecha– y pega un grito. El joven da dos pasos más y enseguida hace otro disparo, y ya se estaba yendo para la puerta de la salida. Yo traté de atajarlo a Eduardo pero no pude, cayó debajo de un escritorio que teníamos al pie de la escalera y se fueron. Entraron como si nada y se fueron como si nada de la casa.

Después de los disparos, los hijos se acercaron a ver qué había pasado. Eduardo empezó a sangrar por la nariz y la boca. Dejó de respirar a los pocos segundos. La nena de 11 le dijo a Carolina que ella se quedaba y que vaya a pedir ayuda. No encontraba su celular (de hecho nunca apareció pese a las investigaciones realizadas) para llamar al 911. Salió a la calle en busca de ayuda.

“No mataron sólo a Eduardo, nos mataron a todos”

 

El fiscal Gastón Ávila, sentado en un escritorio frente a Carolina, le preguntó qué significaba para ella ese hecho. Ella respondió sin soltar la angustia.

–La muerte de Eduardo fue terrible no solo porque era mi compañero y papá de mi bebé (de dos años) sino por el hecho, la impotencia de ver tanta sangre y no poder pararlo, no poder hacer nada por él, fue terrible. Que sus hijos y mis hijos (él además tiene otros cinco chicos vivos y ella otros dos con parejas anteriores), porque él criaba a mis hijos como si fueran de él, lo vieran en esa situación. Mi vida cambió totalmente. Eduardo era el sostén del hogar, el que nos acompañaba. Siempre agradezco estar viva, porque pudieron habernos matado a todos, siempre agradezco eso.

La casa esa tarde se llenó de gente. En la vereda estaban los policías y los medios. Carolina seguía incomunicada por la desaparición de su celular. La conmoción era total. Esa noche, sin el pastor, se cortó la luz en la casa y todos quedaron a oscuras.

Desde el día siguiente, la esposa de Trasante y sus hijos menores ingresaron a un programa de protección de testigos. Los sacaron de su casa y de la ciudad por el riesgo que corrían sus vidas. Aún siguen bajos esas condiciones, que endurecen el luto por falta de contacto con los afectos, por la imposibilidad de reconstruir sus vidas.

–No mataron solamente a Eduardo Trasante ese día, nos mataron a todos –dijo y Jesica Pellegrini, abogada querellante y concejal de Ciudad Futura, ex compañera de su esposo, le acercó más pañuelos de papel– Asesinaron a mi compañero de vida, tuve que agarrar bolsos, pañales, leche y llevarme a la bebé. Subirnos a una camioneta que no sabía a donde iba. Sin saber si iba a poder despedir a mi esposo, hablar con algún familiar, nada de eso, no pude hacerlo, fue literalmente agarrar a mis hijos e irme con la misma ropa que tenía llena de sangre.

Después de eso, hubo un velorio reducido por la pandemia y realizó un fotofit (reconocimiento de sospechosos por fotos) que generaría una confusión que fue reflejada en el juicio (ver más abajo). Carolina calificó de “terrorífico” todo lo que vivieron desde ese momento y recordó (sin mencionar) el pedido que hizo el imputado de haber participado del plan criminal Julio Rodríguez Granthon. El martes, el piloto condenado por narcotráfico se quejó porque no lo dejaban ver a sus hijos en el día de visitas en la cárcel. Carolina escuchó con paciencia sus reclamos a los gritos vía zoom desde el penal de Marcos Paz y este miércoles reflexionó.

–Tratamos de sobrevivir, porque estamos con vida, empezamos a buscar ayuda, con psicólogos. Yo escucho acá hablar mucho de derechos pero mis hijos nunca más van a poder vivir en esta ciudad, a la que mi marido le entregó su vida. Volver a Rosario es malo. Estamos con tratamienos psicológicos, intento de suicidio, vivimos un calvario. Tenemos limitaciones innumerables, no tenemos una vida. Gracias a dios hoy estamos acá pero vivimos cosas muy terroríficas. Las persecuciones, las acusaciones, en un momento sentí ganas de que vuelvan (los sicarios) y también me asesinen con Trasante. Pero tenía que hacerme cargo de mis hijos, de la hija de Eduardo, ella nunca más va a poder ver a su papá físicamente. Seguimos con miedo, mucho miedo de lo que pueda pasar.

Después dijo que tenía “un poco de esperanza” en el resultado del juicio y completó: “Los daños los vamos a seguir viviendo con los traumas de mis hijos. Ayer un imputado hablaba de ver a su familia, mi familia se destruyó por completo. Ojalá yo tuviera la urgencia de volver a mi casa y abrazar a mi esposo. Ojalá tuviera el derecho de abrazarlos, no lo tuvimos y no lo vamos a volver a tener”.

Revictimizar o la curiosa estrategia de irritar

 

Este miércoles se realizó la segunda audiencia por el homicidio de Eduardo Trasante (ver día 1), con cuatro imputados de haber planificado el hecho: Rodríguez Granthon (acusado de ordenar el plan desde la cárcel de Piñero), Facundo Sebastián López (el hombre de confianza de Rodríguez Granthon que fue a buscar el auto robado desde donde se ejecutó el crimen), Alejo Leiva (un viejo conocido de la familia que mandó fotos de la casa y con marcas de cuál era el ingreso) y Brian Nahuel Álvarez (el vendedor del auto robado que fue utilizado la tarde del crimen).

Mariana Barbitta, la abogada de Rodríguez Granthon, un piloto comercial peruano con condenas por narcotráfico y el acusado de “mayor jerarquía”, dilató el inicio por planteos técnicos de “un juicio oral mixto” (presencial pero con personas en forma virtual vía zoom).

A las 9.10, como Carolina pidió no ver a los imputados se apagaron las pantallas y se dejaron abiertos los micrófonos. A las 9.30 tuvo que hacerse un segundo parate por los ruidos que se escuchaban, entre suspiros y soplidos que sonaron a provocación.

Entonces se apagaron los micrófonos, se volvió a encender la pantalla pero fue girada hacia el lado de las defensas. Carolina no pudo captar, por ejemplo, que cuando decía que el asesino de su esposo vestía de negro con inscripciones en blanco, el único imputado que se veía completo tenía una remera negra con la marca Puma en blanco en el pecho.

Hubo una tercera interrupción por problemas de conexión de internet. Los intercambios entre las partes volvieron a dilatar todo.

–No me vuelva a interrumpir -le dijo la jueza Paola Aguirre, a cargo de la presidencia del tribunal-.

–No la interrumpo, ¿qué, me va a sancionar? –la provocó la abogada porteña y reforzó– ¡Rosario está en contra de la litigación!

El juez Ismael Manfrin no soportó más y reclamó a todas las partes que se acercaran al estrado.

–¿Qué están haciendo? –les reclamó a los abogados defensores, en especial a Barbitta, que ganó el centro de la escena con su impecable conjunto bordó-.

–Esto es una vergüenza. Revictimizan a la víctima -se metió la abogada querellante Gabriela Durruty antes las sucesivas trabas para que Carolina pudiese hablar de corrido y sin molestias-.

–No sea maleducada y cállese, está hablando el doctor -acusó Manfrin, ya sacado, a Barbitta-.

El fiscal Ávila pareció conocer sus límites de tolerancia, se alejó y comenzó a caminar en círculos sobre la alfombra de la sala.

El sospechoso que no fue

 

Después de un pedido de disculpas por la insólita situación, la viuda de Trasante volvió a su lugar y continuó con su relato. Dos de las cuatro defensas le hicieron preguntas. Gonzalo Armas, representante de Leiva, direccionó su estrategia en minimizar la participación del acusado de hacer inteligencia y mandar fotos del frente de la casa por Whatsapp. Logró que Carolina dijera que “todo el mundo sabía dónde vivíamos y estaba en las redes sociales”.

También se detuvo en el proceso de reconocimiento de sospechosos (fotofit). Recordó que Carolina reconoció a un joven de apellido Camacho. Sobre ese punto volvió Barbitta, abogada de Rodríguez Granthon. Y ella amplió que la “mirada me parecía muy similar a la persona que entró, la que disparó, más petisa y morocha que entró a mi casa y le disparó a Eduardo”.

Sin embargo, esa pista tuvo un muy corto alcance. La propia mujer contó que vio “miles de fotos” en medio de su cansancio. Dijo que al final Camacho era un amigo de la familia y que quizás por eso la cara le resultó familiar. Tuvo que intervenir el fiscal Ávila para dejar en claro porque esa persona no estaba acusada del crimen, qué rasgo físico hizo inviable cualquier acusación.

–¿Usted sabe cuántos brazos tenían las personas que mataron a su esposo?

–Dos brazos cada uno.

–¿Sabe cuántos brazos tiene Camacho?

–Después supe que tenía uno solo en el momento del hecho.

Fue lo último. Carolina saludó a los militantes que estaban en la tribuna superior, entre ellos Juan Monteverde y Caren Tepp, quien tuvo que abrazar largo a una joven que no pudo contener el llanto en uno de los fragmentos de la esperada declaración. Una declaración que tuvo la potencia de una testigo clave y víctima al mismo tiempo. Una densidad, además, que reflejó el daño profundo que provoca este crimen, y cada crimen en una ciudad demasiado dañada.