Distintos conflictos socioculturales y económicos, como incluso las guerras, suelen aparecer en diversos titulares, publicidades e incluso en redes sociales consumidas por las y los más pequeños. Estas situaciones pueden provocar distintos sentimientos y emociones como el miedo, la tristeza, bronca, ira, ansiedad, sin importar si se está viviendo en contexto de guerra puntualmente.

En este aspecto, lo más común es que las y los más pequeños recurran a sus madres, padres, cuidadores o docentes para buscar seguridad y protección, a la vez que algunas respuestas. Es por ello que, desde Unicef, elaboraron una guía con ocho consejos sobre cómo abordar este tipo de conversaciones.

El diálogo con las y los más pequeños es fundamental (unicef.org)

-Averiguar qué saben y cómo se sienten:

Elegir un momento y un lugar en los que los pequeños puedan sacar el tema con naturalidad y se sientan más cómodos hablando libremente; por ejemplo, durante una comida familiar. Intentar evitar hablar del tema justo antes de acostarse. 

Un buen punto de partida es preguntarle qué sabe y cómo se siente. Algunos niños y niñas pueden saber poco sobre lo que está pasando y no estar interesados en hablar de ello, pero otros pueden estar preocupados en silencio. Con los más pequeños, los dibujos, los cuentos y otras actividades pueden ayudar a abrir el debate. 

Los niños y niñas pueden descubrir las noticias de muchas maneras, por lo que es importante comprobar lo que están viendo y oyendo. Es una oportunidad para tranquilizarlos y corregir cualquier información inexacta que hayan podido encontrar en Internet, en la televisión, en la escuela o a través de sus amigos. 

Un flujo constante de imágenes y titulares perturbadores puede hacerles sentir que la crisis los rodea. Los niños y niñas más pequeños pueden no distinguir entre las imágenes de la pantalla y su propia realidad personal y creer que están en peligro inmediato, incluso si el conflicto está ocurriendo lejos. Y los de más edad pueden haber visto cosas preocupantes en las redes sociales y tener miedo de cómo pueden agravarse los acontecimientos. 

Es importante no minimizar ni desestimar sus preocupaciones. Si hacen una pregunta que puede parecerte extrema, como "¿Vamos a morir todos?", asegurar que eso no va a ocurrir, pero también será importante intentar averiguar qué han oído y por qué les preocupa que eso ocurra. Si se logra entender de dónde viene la preocupación, es más probable que se los pueda tranquilizar. 

Reconocer sus sentimientos y asegurar que lo que sienten es natural. Demostrar que se los escucha prestándoles toda la atención y recordarles que puede hablar con uno mismo o con cualquier adulto de confianza siempre que lo desee. 

-Mantener la calma y usar un lenguaje y ejemplos acorde a su edad:

Los niños y niñas tienen derecho a saber lo que pasa en el mundo, pero los adultos también tienen la responsabilidad de mantenerlos a salvo de la angustia. Cada madre o padre es quien mejor conoce a su hijo o hija. Utilizar un lenguaje adecuado a su edad, observar sus reacciones y ser sensible a su nivel de ansiedad. 

En la medida de lo posible, tranquilizar a los hijos e hijas asegurándoles que están a salvo de cualquier peligro. Recordarles que mucha gente está trabajando duro en todo el mundo para detener el conflicto y encontrar la paz.  

Recordar que no pasa nada si no se tiene la respuesta a todas las preguntas. Se les puede decir que tienen que buscarla o aprovechar la ocasión para que los niños y niñas mayores busquen juntos las respuestas. Utiliza sitios web de organizaciones de noticias acreditadas o de organizaciones internacionales como UNICEF y la ONU. Explicarles que no todo lo que encuentran en internet es exacto y la importancia de encontrar fuentes fiables. 

-Promover la compasión sin estigmas:

Los conflictos suelen traer consigo prejuicios y discriminación, ya sea contra un pueblo o un país. Cuando se hable con niños, evitar calificativos como "gente mala" o "malvada" y, en su lugar, aprovechar para fomentar la compasión, por ejemplo, hacia las familias obligadas a huir de sus hogares. 

Aunque el conflicto se produzca en un país lejano, puede alimentar la discriminación en la puerta de casa. Comprobar que los hijos e hijas no sufren acoso ni contribuyen a él. Si los han insultado o intimidado en la escuela, animarlos a que se lo cuenten a uno o a un adulto en quien confíen. 

Recordarles que todo el mundo merece estar seguro en la escuela y en la sociedad. El acoso y la discriminación siempre están mal y cada una de las personas debe poner de su parte para difundir la amabilidad y apoyarse mutuamente. 

-Conversar sobre las personas que brindan apoyo y ayuda:

Es importante que los niños y niñas sepan que la gente se ayuda mutuamente con actos de valor y amabilidad. Buscar historias positivas, como la de los socorristas que ayudan a la gente o la de los jóvenes que piden la paz. La sensación de estar haciendo algo, por pequeño que sea, suele reconfortar mucho. 

Averiguar si al niño o niña le gustaría participar en una acción positiva. Tal vez podría dibujar un cartel o escribir un poema por la paz. La sensación de estar haciendo algo, por pequeño que sea, a menudo puede aportar un gran consuelo. 

-Cerrar las conversaciones con cuidado:

Al terminar la conversación, es importante asegurarse de no dejar al niño o niña en un estado de angustia. Intentar evaluar su nivel de ansiedad observando su lenguaje corporal, teniendo en cuenta si utiliza su tono de voz habitual y vigilando su respiración. Recordarles que se está ahí para escucharlo y apoyarlo siempre que se sienta preocupado. 

-Continuar informándose como adultos:

A medida que se vayan conociendo las noticias sobre el conflicto, uno debe seguir en contacto con su hijo o hija para ver cómo se encuentra. ¿Cómo se siente? ¿Tiene alguna pregunta nueva o algo de lo que quiera hablar? 

Si parece preocupado o ansioso por lo que está ocurriendo, mantenerse atento a cualquier cambio en su comportamiento o sus sensaciones, como dolores de estómago, de cabeza, pesadillas o dificultades para dormir. 

Los niños y niñas reaccionan de forma diferente a los acontecimientos adversos y algunos signos de angustia pueden no ser tan evidentes. Los más pequeños pueden volverse más apegados de lo normal, mientras que los adolescentes pueden mostrar una intensa pena o ira. Muchas de estas reacciones duran poco tiempo y son reacciones normales ante acontecimientos estresantes. Si estas reacciones se prolongan, es posible que necesite ayuda especializada. 

Se les puede ayudar a reducir el estrés realizando juntos actividades como la respiración abdominal: Respirar hondo 5 veces, inspirar 5 segundos y espirar 5 segundos, inspirando por la nariz y espirando por la boca. Explicar que, cuando inhala, está hinchando la panza suavemente como un globo, y que cuando exhala el aire vuelve a salir lentamente del globo. 

Una de las recomendaciones principales es limitar el bombardeo informacional (unicef.org)

-Limitar la avalancha de noticias:

Es importante ser consciente de la exposición de hijos e hijas a las noticias cuando están llenas de titulares alarmantes e imágenes perturbadoras. Considerar la posibilidad de apagar las noticias ante la presencia de niños y niñas más pequeños. Con los mayores, se puede aprovechar para hablar de cuánto tiempo pasan consumiendo noticias y en qué fuentes confían. Considerar también cómo hablar del conflicto con otros adultos si sus hijos e hijas están a una distancia que les permita oírlo.

En la medida de lo posible, intenta crear distracciones positivas como jugar a algo o dar un paseo juntos. 

-Cuidarse a uno/a mismo/a: 

Se podrá ayudar mejor a los hijos e hijas si uno mismo también está afrontando la situación. Los niños y niñas captarán la propia respuesta a las noticias, así que les ayudará saber que uno mismo está tranquilo y en control. 

Si uno se siente ansioso o alterado, tómarse tiempo para uno mismo y acudir a otros familiares, amigos y personas de confianza. Ser conscientes de cómo se consumen las noticias: Intentar identificar momentos clave durante el día para comprobar lo que está ocurriendo en lugar de estar constantemente conectado. En la medida de las propias posibilidades, dedicar tiempo a hacer cosas que ayuden a relajarse y recuperarse.

 

Fuente: UNICEF.