Este 24 de marzo, se cumplen 48 años del último golpe militar de 1976, que marcó el inicio de la dictadura más extensa y con más cantidad de personas muertas y desaparecidas, de la historia nacional. Desde la militancia, el Derecho y la política, cuatro voces de la democracia desandan sus memorias vividas y narradas y observan con preocupación el presente y el devenir, en Argentina.

Ana Moro: “Desearía que nos unamos para luchar juntos”

 

Ana María Moro es militante de Derechos Humanos y de la Ronda de las Madres de Plaza 25 de Mayo. Fue testigo y querellante en la causa Feced y preside la Asociación Civil Centro Cultural Madres de la Plaza 25 de Mayo.

En diálogo con Rosario3, Ana recuerda el '76 con serenidad y nostalgia por lo perdido: las personas, los afectos y las cosas. Con voz pausada describe aquellos días y el clima que se percibía en los años previos al inicio de la dictadura.

“Ese día del golpe, nosotros –mi familia, nuestra generación, quienes estábamos militando– tuvimos la certeza de que nuestras vidas iban a cambiar drásticamente; pero en verdad, las cosas ya habían empezado a cambiar desde antes. Yo estuve detenida por primera vez en mayo de 1974, cuando todavía vivía (Juan Domingo) Perón. Después de su muerte, la represión se agudizó y hubo muchos asesinados por la Triple A. En 1975, ya prácticamente no podíamos ir a la facultad y en 1976, no fuimos más. Fue un gran desprendimiento, siendo tan jóvenes”.

Ana militaba en una agrupación de Izquierda; su hermana Miriam y su cuñado Roberto –que están desaparecidos–, en la JP y tenían muchos vínculos. Era una juventud muy activa que se interesaba por muchas cosas. Además de estudiar, militaban, iban al cine, a las peñas, a los bares. Conversaban mucho, discutían sobre política y de pronto, todo eso no lo pudieron hacer más.

Ese día tuvimos la certeza de que nos habían derrotado, de que venía una gran represión.

“Hay gente a la que quería mucho que fue asesinada o desaparecida. Otros se fueron al exilio y cuando volvieron, ya no regresaron a Rosario; se quedaron en sus pueblos o se fueron a Buenos Aires. Por eso digo que ese día tuvimos la certeza de que nos habían derrotado, de que venía una gran represión. Pero no nos dábamos cuenta de que iba a ser tan extrema. Fue desolador el cambio que vivimos. Tratamos de resistir. Con algunos amigos nos juntábamos en alguna casa. Una amiga daba una clase de Albert Camus; otro de música. Cada uno de lo que sabía, para seguir viéndonos y seguir unidos”.

No sólo los vínculos borró la dictadura y su paso arrasador por el país; quienes militaban en partidos políticos fueron perseguidos e incluso aquellos que siguen hoy con vida debieron desprenderse de objetos culturales muy valorados en aquella época. “Tuve que tirar todos mis libros, quemar los periódicos que tenía guardados, regalar los discos, porque hacían allanamiento casa por casa. Todo eso sufrimos. Hubo tal censura que de hacer tantas cosas juntos, de escuchar música, de prestarnos libros y discos pasamos primero, a dejar de compartir esos momentos y después, directamente dejamos de vernos”.

Luego, pone el foco en el presente y se preocupa. Su voz cambia, se torna analítica: “Este gobierno, además de ser represivo, negacionista y provocador, está sumiendo a la gente en la miseria, el hambre y la desesperación. Volvemos a los '90, cuando tuvimos un plan económico muy parecido y también problemas económicos, además del indulto del menemismo, que tanta gente apoyó, al igual que ahora, que muchísima gente apoya este plan. Creo que cuando se den cuenta, se va a revertir la situación, porque este plan económico sólo cierra con represión”, afirma, y describe los reclamos que se expresaron tanto en la calle como en las redes sociales, en los últimos dos meses.

“Ahora, las luchas están muy atomizadas. Salen los científicos del Conicet, los maestros, los estatales, las mujeres, los artistas, pero todo es muy sectorizado. Creo que tenemos que unirnos y resistir todos juntos. Esto recién empieza y están conculcando tantos derechos que es obvio que la gente salga así, pero yo desearía que nos unamos para luchar juntos” concluye.


Eduardo Toniolli: “El freno a la reforma estructural regresiva vendrá del pueblo argentino”

 

Eduardo Toniolli es diputado nacional. Su padre −quien fue dirigente político y presidente de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de la Regional II, durante los años '70− fue secuestrado en la ciudad de Córdoba el 9 de febrero de 1977 y desde entonces se encuentra desaparecido.

Eduardo nació ese mismo año mientras su madre, la exlegisladora nacional y provincial Alicia Gutiérez, se encontraba viviendo en la clandestinidad. Se exiliaron juntos en 1980 en Francia y retornaron al país en 1985. El caso de la desaparición de su padre formó parte de la Causa Guerrieri-Amelong, y de la Causa Díaz Bessone (ex-Feced).

“Por mi edad –relata– del golpe del '76 no tengo recuerdos, pero sí referencias familiares de esa etapa oscura, del clima represivo, la clandestinidad y las mudanzas a distintas ciudades para escapar de la persecución”.

Toniolli, señala las grietas del sistema democrático que hicieron que el actual partido gobernante se constituyera, en las últimas elecciones presidenciales, en la opción con más acompañamiento y mayor cantidad de votos.

Eso va a venir mucho más de los niveles de conciencia y organización del pueblo argentino, que de la institucionalidad.

“A 40 años de la recuperación de la democracia, en 1983, evidentemente hay consensos democráticos que creíamos consolidados y que hoy están puestos en duda, en parte porque las promesas incumplidas de la democracia abrieron una brecha por la que se colaron los nostálgicos y reivindicadores de los crímenes de la dictadura, y los defensores del programa económico de José Alfredo Martínez de Hoz”.

El legislador marca la necesidad de poner freno al avance de la “reforma estructural regresiva de nuestra economía y nuestra sociedad y a los desvaríos autoritarios de los que piensan sostenerla”, sin embargo, no cree que esa acción tenga punto de partida en el Poder Legislativo, ni tampoco en el Poder Judicial.

De cara al devenir y a la necesidad de seguir fortaleciendo la democracia, asegura que “eso va a venir mucho más de los niveles de conciencia y organización del pueblo argentino, que de la institucionalidad (los otros poderes) que todavía observan a la distancia y sin animarse a enfrentar esa avanzada”.



Hugo Kofman: “No tantas «tribus»; sí un movimiento popular unificado”

 

Hugo Kofman es militante del Movimiento de Derechos Humanos, integrante de Familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas de Santa Fe. A la luz de las heridas propias, surge el recuerdo del golpe de '76; la previa ya de por sí cargada de dolor y lo que sobrevino como consecuencia de aquella “muerte anunciada”.

“Yo trabajaba en la facultad de Ingeniería Química de Santa Fe, como Ayudante de Primera Categoría en el Departamento de Física, y ampliaba un poco los ingresos familiares reparando televisores. En ese momento, con mi esposa Julia, no pertenecíamos ni estabamos vinculados a ninguna organización política, aunque lo habíamos estado, ocho o nueve meses atrás. Vivíamos con nuestro hijo Ernesto, que tenía dos años. En mi familia se vivía el dolor de tener a mi hermano Jorge desaparecido, a mediados de 1975, a lo cual se sumaba que unos días antes, el 11 de marzo de 1976, se nos había muerto un hijo nacido cuatro días antes. Le habámos puesto el nombre de mi hermano. Nuestra única tarea en ese momento era comunicarnos por teléfono, cada tanto, con el abogado tucumano Ángel Pisarello, quien buscaba a mi hermano y a muchos otros desaparecidos en esa provincia. Por eso, y por su defensa de presos políticos, fue asesinado a mediados de 1976. Mi madre, la Queca, nos daba fuerzas en esa situación. El 24 –rememora– estaba con nosotros en Santa Fe”.

A pesar de tener a nuestro hermano desaparecido, no sabíamos que ese día se ponía en marcha un plan sistemático de exterminio.

Para Kofman, el golpe militar fue como la crónica de una muerte esperada. “No hubo expresiones populares de resistencia, por temor, agotamiento, impotencia. Ciertos sectores medios de la población lo vivieron como un «alivio». A decir verdad, nosotros, a pesar de tener a nuestro hermano desaparecido, no sabíamos que ese día se ponía en marcha un plan sistemático de exterminio. Lo vivimos puertas adentro, tratando de curar nuestras propias heridas, y en contacto con unos pocos compañeros de nuestra anterior militancia”.

Desde aquel recuerdo, el dirigente mira el presente. Observa que el país de hoy presenta contrastes muy definidos, como si se tratara de dos mundos que conviven en un mismo territorio. “Por un lado, un amplio sector popular que lucha y resiste para no ser llevado de vuelta a las peores épocas del neoliberalismo con su pérdida de derechos y a los tiempos de la impunidad. Por otro lado, un sector más amplio que descree de «los políticos», de la Nación, de los derechos. Pobres que odian a la clase media, a quienes ven como «la casta» y clase media que odia a los pobres a quienes percibe como los que reciben dádivas del Estado que salen de sus propios bolsillos. Pequeños y hasta medianos comerciantes o profesionales que hablan del peronismo como «los ladrones», pero que al mismo tiempo, evaden todos impuestos. Jóvenes que no encuentran otro trabajo que el de repartidor a domicilio o mozos de bar, con una precarización laboran casi total”.

“En ese contexto ganó las elecciones Milei –precisa– apoyándose en la desmemoria, en el odio, en las frustraciones y en la creación de un personaje que se pinta de rebelde, pero que arremete contra los mejores valores de nuestro pueblo y sus conquistas históricas. Un presidente que no es más que un instrumento descartable del poder real: las grandes corporaciones que son las que se llevan la mayor parte de la riqueza producida, pero que logran permanecer invisibles detrás del blindaje mediático que le brinda la corporación de medios dominantes y redes supuestamente sociales”.

Frente a esta situación, Kofman apunta a “redoblar la lucha de resistencia a este modelo, porque es la propia democracia la que está en peligro, y con ella, todos nuestros derechos y nuestro futuro como pueblo”. Explica que para eso, hace falta una renovación política, con claros objetivos nacionales y populare; no declamados, sino reales. No tantos intereses personales, con una sólida unidad. “No tantas «tribus»; y sí un movimiento popular unificado. Quizás, la calle termine siendo el punto de unidad, y ojalá los jóvenes que se incorporen ahora a la política lo puedan hacer sin los vicios que tanto mal nos hacen”.
Remarca que la verdadera democracia sólo puede existir sobre la base del respeto a los derechos humanos, con más Memoria, más Verdad y más Justicia. “Sólo podremos avanzar si vamos hacia un plan efectivo que termine definitivamente, primero con la indigencia y luego, con la pobreza, que no son condiciones de vida naturales de ninguna sociedad”.

Exservicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe.



Oscar Blando: “Sin Estado no hay derechos; y esos derechos y libertades están en la Constitución”

 

Oscar Blando es doctor en Derecho, docente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y exdirector de Reforma Política y Constitucional de Santa Fe. Desde su conocimiento, señala las actitudes y decisiones preocupantes de la actual gestión de gobierno y recrea la tarde previa al golpe del '76 con un titular periodístico grabado a fuego, como una sentencia inapelable.

Es inminente el final. Está todo dicho (Diario La Razón, 23 de marzo de 1976).

“Del 24 de marzo de 1976 puedo dar dos referencias. Yo era estudiante por esa época y en los días previos al golpe, recuerdo que se vivía (lamentablemente) un clima de fin de ciclo. Tengo presente que el diario vespertino La Razón, la tarde anterior, el 23 de marzo, publicó un titular que decía: “Es inminente el final. Está todo dicho”. La otra referencia muy presente que tengo fue por la preocupación de mi padre, Manuel Blando, que era diputado provincial en ese momento y que repudió fuertemente la ruptura del orden constitucional. Luego –recuerda con orgullo– mi viejo, fue designado presidente de la Conadep Santa Fe: fue entrar a las tinieblas, de primera mano, con los testimonios del horror de violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos”.

Blando evalúa luego los 40 años de democracia, a partir de su recuperación, en 1983, con sus avances y retrocesos. “La democracia política, la libertad, la participación ciudadana. La Conadep, el Juicio a las Juntas. Luego los retrocesos de la obediencia debida y los indultos, los alzamientos carapintadas. Los avances en materia civil; el divorcio, las luchas feministas, el reconocimiento de nuevos paradigmas con la reforma constitucional del 94: la democracia y los DDHH no sólo civiles y políticos sino esencialmente económicos-sociales, con la incorporación de los instrumentos internacionales de DDHH. También vivimos las crisis de 1989, del 2001, la inflación, el aumento de la pobreza y la desigualdad. Las grandes deudas de la democracia”.

De todos modos, rescata como “buena noticia” el hecho de que todos esos graves problemas y crisis pudieron resolverse –a diferencia de otros períodos– dentro del orden constitucional, ya que hubo consensos democráticos fundamentales que parecían arraigados y que hoy están en cuestionamiento.

“Ganó las elecciones un presidente que no pudo contestar si creía en la democracia. Que pretende gobernar por decreto con la suma del poder público y facultades extraordinarias, al margen de la Constitución y para quien el Congreso es un obstáculo y no un órgano de colaboración democrática. Un populista de extrema derecha que dividió el campo político ideológico entre la “gente de bien” y los otros (la casta). Que califica a los adversarios como enemigos. Que insulta, agrede y persigue al disidente, a las mujeres, a políticos, legisladores y periodistas”.

“Hay miedo y autocensura –afirma–; hoy, están en cuestionamiento aquellos consensos democráticos alcanzados: el Nunca Más; el rechazo a la violencia política como forma de resolución de los conflictos; la observancia irrestricta por el estado democrático y constitucional de derecho; la convivencia social y política; el respeto incondicional a los DDHH (todos, no sólo el de propiedad: sino los políticos, sociales, culturales, ambientales) sabiendo que esos derechos y libertades solo se protegen si hay un Estado que los pueda garantizar: sin Estado no hay derechos, y sabiendo que esos derechos y libertades están en la Constitución, nos pertenecen y no son la concesión graciosa de un gobernante, aunque se crea iluminado –subraya– por las «fuerzas del cielo»”.